Nuestra hambre universal

Durante el año pasado, encontré y he disfrutado mucho las conferencias y libros de Matthew Kelly, un predicador laico católico de origen australiano.

No he visto sus libros en español, por lo que me permitiré traducir y adaptar algunos capítulos de su libro “Rediscover Catholicism”, que pueden descargar en inglés en PDF aquí.

Espero que lo disfruten tanto como yo.

NUESTRA HAMBRE UNIVERSAL

A través de toda la historia, nunca han faltado hombres y mujeres dispuestos a orientar a la humanidad hacia el camino correcto. Tampoco han sido un secreto las necesidades de la familia humana: comida, refugio, un trabajo significativo, compañía, libertad, perdón, aceptación y amor.

En todas las épocas, hay mucha gente que trata de entender a estas necesidades que son muy humanas y anunciar las implicaciones sociales particulares para cada tiempo. Esta gente se para en las encrucijadas y muestra a la humanidad un camino que nunca han hecho ellos mismos. En nuestra propia época no faltan libros, podcasts, CDs, DVDs, sitios Web, programas de radio y televisión y seminarios que intentan comunicarse a nuestras verdaderas necesidades humanas de maneras relevantes y retadoras.

Pero en medio de toda esta aparente abundancia hay una gran pobreza. No estoy hablando de pobreza material. Más bien, pareciera que en cada lugar y tiempo hay una escasez de hombres y mujeres dispuestos a liderar a la humanidad por el camino correcto con el ejemplo de sus propias vidas. En cada momento de la historia, las vidas auténticas son muy escasas.

Filosofía

 

Apariencia vs. Autenticidad

Nuestra propia época pareciera estar gobernada por la ilusión y el engaño. Hemos construido una cultura entera basada en apariencias. Todo parece bien, pero si profundizas bajo la superficie, encontrarás poca sustancia. La apariencia es lo que interesa. Nos hemos vuelto tan insensibles a las realidades del bien y del mal que mentir y engañar son casi universalmente aceptados como males necesarios. Así que los toleramos, siempre y cuando sean hechos en la luz tenue de la respetabilidad. Ocasionalmente, en medio de esta oscuridad cultural, la brillante luz del espíritu humano deslumbra con honestidad e integridad. En esos momentos nos sorprendemos, como si nos estuviéramos desarmados. La honestidad, lealtad e integridad parecen estar fuera de lugar en el esquema moderno. Pero bajo la superficie, bajo el disfraz de las apariencias, esta época, al igual que cualquier otra, está llena de gente como tú y como yo. Y si escuchas cuidadosamente, si miras con atención, descubrirás que la gente tiene hambre. Fuimos creados para amar y ser amados, y existe una inquietud, un ansia de más, un profundo descontento con nuestras vidas y nuestra cultura. Sentimos que algo nos hace falta, y dentro de nosotros sabemos que nada que podamos comprar ni ningún placer físico va a calmar esta ansiedad.

Este anhelo preocupa al corazón humano, y no es por casualidad ni accidental; todos lo tienen por una razón. El Espíritu Santo (el “alma de nuestra alma”, como le dice el Papa Benedicto XVI) es el origen de estos anhelos. Es la presencia de Dios en la parte más profunda de nosotros la que nos llama a movernos más allá de las preocupaciones superficiales de nuestras vidas, para explorar y experimentar algo más profundo.

Nuestra hambre no es de apariencias, ni por lo pasajero y superficial; es por algo substancial. Tenemos hambre de verdad. La gente de hoy tiene hambre de lo autentico, tiene sed por la más pequeña gota de sinceridad, anhela experimentar lo genuino.

¿Porque ha sido rechazada la cristiandad?

El hambre de verdad y el bien es enorme, y sin embargo al mismo tiempo la cristiandad (y en especial el catolicismo) han sido en gran medida rechazados. Existe, por supuesto, mucha gente que fielmente va a misa cada domingo, pero cada vez más personas escogen no ir a la iglesia. Esto es cierto especialmente en las generaciones jóvenes.

La mayoría de nosotros conocen gente buena, inteligente y que contribuyen a la comunidad que no quieren saber nada del cristianismo. Muchos fueron criados como cristianos de una forma u otra. Tarde o temprano, debemos empezar a explorar este fenómeno cada vez creciente y hacernos unas preguntas difíciles: ¿Será posible que hayamos fallado en involucrarlos? ¿Acaso la hipocresía de miembros individuales o líderes de la Iglesia hayan obscurecido su experiencia de Dios? ¿No supimos alimentarlos? ¿Acaso algún día les dimos realmente la bienvenida?

Quienes nos llamamos cristianos lo hacemos porque creemos que la vida y enseñanzas de Jesucristo son la personificación de la verdad, sinceridad y autenticidad y, en un sentido práctico, son simplemente la mejor manera de vivir. Si esta creencia es correcta, y si la gente del Siglo Veintiuno realmente tiene hambre de autenticidad y la mejor manera de vivir, entonces como cristianos nos debemos hacer estas preguntas: ¿Porque no hay más gente abrazando el cristianismo? ¿Porqué, de hecho, hay tanta gente tan hostil hacia Cristo y su Iglesia?

Tengo el sentimiento de que es debido a que la gente de hoy cree que los cristianos, el cristianismo y quizás los católicos en particular son parte de esta cultura de apariencias y engaño tanto como cualquier otra persona. Esta es una dura verdad que necesita ser enfrentada. El deseo de la gente por la verdad no ha disminuido, pero se han vuelto desconfiados, dudosos, escépticos e incluso, cínicos en su búsqueda por la verdad. Y, para ser honestos, no puedo culparlos por esta actitud. Yo no estoy de acuerdo con su posición, pero la entiendo. Y quizás más importante, puedo ver cómo llegaron a ese lugar de confusión filosófica y desolación teológica.

La causa de mucha de esta confusión es la proliferación sin precedentes de palabras, símbolos, imágenes y cada manera de comunicación en la última parte del siglo veinte. La gente está cansada, exhausta, demasiado cargada de información y abrumada con el clima social, político y económico. No se están esforzando por crecer, simplemente están intentando sobrevivir. Esta es una cultura cansada..

Un grito de ayuda

Esta fatiga cultural está creando una desesperanza en las vidas de más y más personas cada día, y desde esta fatiga y desesperanza lanzan un grito de ayuda.
Hoy más que nunca, nuestros hermanos y hermanas no cristianos y no practicantes nos mandan a ti, a mí, y a todos los cristianos un mensaje. Quizás no sean conscientes de eso, pero indirectamente testifican el Evangelio. Desde dentro el mensaje que la gente de nuestro tiempo nos envía, hay un profundo reto para ti y para mí para abrazar una vida enraizada más plenamente en el ejemplo y enseñanzas de Jesús. Su mensaje es claro, inequívoco y simple. Nuestros hermanos, padres e hijos nos envían este mensaje, al igual que nuestros amigos, vecinos y colegas. Están diciendo, susurrando, gritando, “No me lo digas… ¡demuéstramelo!”

Esta petición viene de un anhelo profundo dentro de ellos y representa su gran hambre. Ellos no quieren ver otro evangelista en la televisión, no quieren leer otro libro o escuchar otro CD acerca del cristianismo, y no quieren escuchar tu increíble historia de conversión. Ellos quieren algo real. Ellos quiere ser testigos de alguien, quien sea (solo uno es necesario) que vive una vida auténtica, alguien cuyas palabras se demuestren con la autoridad de sus acciones. Alguien esforzándose humilde, pero heroicamente en vivir de acuerdo a lo que es bueno, verdadero y noble en medio (y a pesar de) el clima moderno.

No nos están enviando este mensaje simplemente para dar el grito infantil de “¡Hipócrita!” Más bien, el suyo es un grito natural, un grito de ayuda. Nos están diciendo, “No me lo digas, ¡demuéstramelo!” porque están hambrientos de un ejemplo valiente de una vida auténtica, una vida vivida plenamente, en esta época actual. Viendo los conflictos y contradicciones de tu vida y la mía, muchas veces gritan “¡Hipócrita!” por están lastimados y enojados. Están enojados porque se sienten decepcionados porque descubrir que no estamos viviendo la vida que predicamos les roba su propia esperanza de vivir una vida auténtica. Están desilusionados y buscando, pero nunca dejan de llamarnos como ovejas sin pastor, esperando ser alimentados, queriendo ser llevados a los pastos de la amabilidad, compasión, generosidad, perdón, aceptación, libertad y amor.

Yo he oído este grito mil veces, pero las palabras de un hombre hacen eco en mi mente como un mal sueño que vuelve a perseguir a un niño aterrorizado. Son las palabras de Mahatma Gandhi, un hombre al que tengo una gran admiración y que creo se esforzó con todas sus fuerzas para vivir una vida auténtica. He estudiado su vida y escritos, pero un pasaje resalta. Me habla con una claridad que penetra mi corazón.

En referencia al bien conocido hecho de que Gandhi leía el Nuevo Testamento todos los días y muchas veces citaba las Escrituras cristianas, un reportero le preguntó porqué nunca se había convertido en cristiano. El contestó, “Si alguna vez hubiera conocido alguno, me habría convertido en uno”. A su manera, Gandhi estaba diciendo: “No me digas… ¡demuéstramelo!” lo que revela su ansia por un ejemplo de vida auténtica.

Dicho esto, también creo que hay un deseo dentro de cada uno de nosotros de vivir una vida auténtica. Deseamos no solo ser testigos de vidas auténticas sino también de vivir nosotros una vida auténtica. Queremos genuinamente ser fieles a nosotros mismos. A veces, quizás hemos resuelto vivir dicha vida con todo el fervor del que somos capaces. Pero distraídos por la dulce seducción del placer y las posesiones, nos hemos salido del camino estrecho. Sabemos la verdad, pero nos falta la disciplina y la fuerza de carácter para alinear las acciones de nuestras vidas con esa verdad (cf. Mateo 26:41). Nos entregamos a miles de distintos caprichos, antojos y fantasías. Nuestras vidas se han convertido simplemente en una distorsión de la verdad que conocemos y confesamos. Sabemos que la familia humana necesita amabilidad, compasión, generosidad, perdón, aceptación y amor, pero hemos dividido nuestros corazones con mil contradicciones y compromisos.

A cada momento, el mundo entero pide de rodillas, ruega, suplica, llama a algún hombre o mujer valiente para que les dirija con el ejemplo de una vida auténtica.

En muchos aspectos nuestra época es una de abundancia, pero en medio de esta abundancia (que a veces parece prevalecer sobre todo) queda una gran hambre en la gente de hoy. Tenemos un hambre universal por lo auténtico, un anhelo de ser y convertirnos y experimentar todo de lo que somos capaces y para lo que fuimos creados. Todo lo bueno en el futuro (para nosotros, nuestros matrimonios, nuestras familias, nuestras comunidades, nuestra Iglesia, nuestro país y la humanidad) depende de si seguimos o no este anhelo.

Acerca de catolicochapin

Soy un hombre, católico, casado y chapín. Una de mis pasiones es la fotografía, y me gusta escribir, leer y hacer chistes. He tratado de ser de esos admirables católicos llenos de caridad en sus debates. Es inútil...soy demasiado sarcástico.
Esta entrada fue publicada en Apologética, Catolicismo, G.K. Chesterton, Traducción y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Nuestra hambre universal

  1. Pingback: LA FILOSOFÍA PREVALENTE | Católico Chapín

  2. Pingback: ¿ES JESÚS RELEVANTE AÚN? | Católico Chapín

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s