¿Estas leyendo un infundio?

Actualmente es muy fácil que cualquier estupidez se considere una “noticia”, y se tome en serio.

Del formidable blog “Contando estrellas” traigo este post que no deja de ser relevante.

Técnicas para identificar infundios

Mi amiga Juana hablaba ayer en su blog sobre los infundios, una de esas miserias humanas que se han multiplicado con la llegada de Internet y de las redes sociales. Juana analiza el asunto desde un punto de vista moral, pero a mí me gustaría abordarlo desde una óptica más técnica. Y es que, al fin y al cabo, igual que los infundios tienen muchos medios para difundirse, también han aumentado las técnicas para desenmascararlos. Y es que las mismas tecnologías que facilitan la difusión de mentiras ponen a nuestro alcance también los medios para desmontar esas trolas. A continuación os indico algunas técnicas que me parecen útiles para identificar infundios no sólo a nivel de web 2.0, sino también en los medios de comunicación, que recurren al infundio con mucha más frecuencia de la que muchos se imaginan:

– Para el autor de un infundio su víctima siempre es un presunto culpable. Para él son las víctimas del infundio las que han de probar que el infundio es falso, y no él quien ha de probar sus acusaciones. Esto mueve a ese desaprensivo a inventar con total ligereza todo tipo de acusaciones sin pruebas, ni testimonios ni datos verificables. Además, si el acusado ignora el infundio y no lo contesta, aunque sea por no entrar al trapo, el difamador suele no tener reparos en presentar ese silencio como prueba acusatoria. Para el autor de un infundio basta con que una persona no se entere de que la acusan de algo para convertirla en culpable.

– Los infundios pueden ser más o menos elaborados, pero casi nunca van a acompañados de datos que permitan contrastar esa información falsa. Si incluyen algún dato se trata, por regla general, de información que no prueba nada y que no pasa del terreno de la especulación. Es frecuente, por ejemplo, respaldar acusaciones infundadas con ficticias vinculaciones familiares o de otro tipo del acusado, a veces tan peregrinas como la que veíamos hace poco en El Plural, que pretendía establecer la relación entre una entidad jurídica y una entidad religiosa diciendo que la primera lleva el nombre de un santo y que la segunda tiene un sacerdote en una parroquia que lleva el nombre de ese mismo santo. Si lo analizamos bien, es una grandísima estupidez.

– El infundio abusa de la confianza ajena para extenderse. A falta de pruebas, a falta de testimonios y de datos verificables, el autor o difusor de un infundio siempre apela a expresiones como “fuentes de toda solvencia”, o “fuentes cercanas a…” o “me lo dijo un amigo que es de fiar” para afirmar cosas muy graves. Otras veces el propio autor del infundio apela a su credibilidad como único fundamento de sus acusaciones, no admitiendo que nadie cuestione esa credibilidad, eso sí, mientras él la utiliza para destruir el prestigio y el buen nombre de otras personas. En este sentido, un difamador te pedirá que te fíes a ciegas de su palabra y desconfíes sin más de la palabra del difamado, a falta de otros fundamentos para respaldar sus infamias.

– Miente, que algo queda. La vieja máxima de Goebbels es el mejor retrato que existe del infundio, que a menudo se conforma con sembrar la duda sobre el difamado e ir socavando poco a poco su prestigio personal. De esa forma el acusado se convierte en sospechoso de toda acusación, y entonces queda el terreno allanado para convertirlo en culpable. En España tenemos una expresión más castiza y mundana para expresar esa máxima totalitaria: “cuando el río suena es porque agua lleva”, expresión muy usada por los difamadores para otorgar una falsa veracidad al infundio apelando a su mera existencia, aunque sean ellos mismos los que lo han creado.

– Son muy habituales los infundios anónimos. Muchísimos infundios se lanzan y difunden de forma anónima, lo cual es lógico, pues lanzar acusaciones contra alguien para dañar su buen nombre y a sabiendas de que son falsas, y por tanto sin aportar pruebas, ni testimonios ni datos verificables, es algo que puede hacer que el difamador acabe sentado ante un tribunal.

– Aún hoy son habituales los bulos que se transmiten de tal forma que el difamado no tenga la oportunidad de defenderse. Eso impide muchas veces saber el alcance de un infundio y pedir a quienes lo lanzan y lo difunden que prueben sus acusaciones. En Internet han llegado a multiplicarse muchos hoax como éstos por medio del correo electrónico, de los programas de mensajería instantánea, los foros y los chats. Aún recuerdo hace años un bulo según el cual La Oreja de Van Gogh financiaba a un grupo proetarra. Cuando el grupo musical donostiarra pudo aclarar por fin que se trataba de un bulo, el infundio ya se había difundido por toda España. Aún hoy hay gente que se lo sigue creyendo…

– Muchas veces el infundio se sirve de la antipatía por el acusado. Y es que si uno tiene predisposición contra alguien por motivos familiares, ideológicos, religiosos o de otro tipo, siempre le resultará más fácil creerse un infundio sobre esa persona. En sentido inverso pero en la misma línea, otros infundios apelan al espíritu de grupo contra un enemigo inventado. Hace meses, por ejemplo, se inició en Facebook una campaña de ataques contra un concejal socialista que se atrevió a discrepar del proyecto abortista de Zapatero. Dicha campaña acusaba falsamente a ese concejal de “fascista”. Con ello, se pretendía que toda persona contraria al fascismo se sintiera predispuesta contra él.

– Es frecuentísimo que un infundio apele al morbo. Aunque sean falsos y no tengan ninguna credibilidad, muchos infundios se extienden por el interés malsano que provocan en buena parte de la audiencia los detalles escabrosos, habitualmente de naturaleza sexual pero también de otros tipos. Un ejemplo es el bulo que sufrió hace años el cantante Ricky Martin, un bulo que a pesar de ser falso y absurdo, nos dio ocasión a muchos de encontrar a personas que aseguraban haber visto en la televisión el chisme en el que consistía el infundio, aunque nunca se emitió tal cosa.

– Los infundios siempre se valen de nuestras flaquezas. Esto lo pongo como conclusión de todos los puntos anteriores, que se podrían resumir en que nos solemos creer lo que nos queremos creer, aunque todo indique que se trata de una mentira. Si existen los infundios y si con mucha frecuencia se difunden con tanta facilidad es, digámoslo sin rodeos, por nuestra propia irresponsabilidad. A todos nos han contado alguna vez chismes sobre cualquiera, y es frecuente que se los llevemos a alguien sin pararnos a pensar el daño que hacen. Sirva esto como autocrítica y también como llamamiento a la reflexión. Un día puedes ser tú el que lleve -a menudo sin mala intención- un infundio sobre alguien a otra persona, pero al día siguiente puedes ser tú la víctima de otro infundio. Párate a pensar bien si lo que te cuentan sobre otros es cierto, sobre todo si es una acusación grave, antes de contárselo tú a otros. Una cosa es difundir un cotillero inofensivo, y otra mucho más grave es contribuir a difundir una infamia.

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Acerca de catolicochapin

Soy un hombre, católico, casado y chapín. Una de mis pasiones es la fotografía, y me gusta escribir, leer y hacer chistes. He tratado de ser de esos admirables católicos llenos de caridad en sus debates. Es inútil...soy demasiado sarcástico.
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